1/02/2008

Claro-oscuro

Oscuridad... luz; silencio... bullicio; tranquilidad... agitación; pensamiento... caos; nuevamente oscuridad y dos minutos más tarde otra vez luz. La secuencia no se interrumpe, no cambia. Desde Congreso a Catedral, y viceversa, la rutina es constante para los cientos de conductores del subte D: la negrura del túnel en contraste con la luz artificial que quema los ojos.

Inicio el recorrido bien temprano a la mañana. Sin embargo, vivo y trabajo en plena noche; mi horario es de siete a siete… ¿En qué momento voy a enfrentarme a la luz natural? Mi reloj biológico se transformó y me acostumbré a vivir en una eterna penumbra.

Entre estaciones reflexiono... pienso en mis tareas pendientes, traigo a la memoria viejos recuerdos; hasta incluso a veces me doy el gusto de tener pequeñas discusiones filosóficas conmigo mismo. Claramente no es un trabajo para depresivos ya que el túnel se transformaría en el retrato perfecto para el suicido.

Cuando aparece la luz sé que tengo que prepararme para la sorpresa. Normalmente me encuentro con personas sin tiempo y sin ganas de ser estrujados en los diminutos pasillos. Cualquier trastiempo es motivo para una extensa y, muchas veces, encendida discusión. Como responsable del vehículo tengo que cumplir el rol nada grato de mediador: el que siempre finaliza siendo denigrado y golpeado; en términos coloquiales, soy un “blanco fácil”.

Levantarme cada lunes sabiendo que me espera lo mismo de siempre no es alentador. No obstante, mi abuelo retrucaría con un: a mal tiempo buena cara. De esa frase hizo su filosofía de vida y yo recibí ese legado como herencia.

Para muchos el subte es sólo el nexo, el puente que te traslada a un destino específico: a la oficina, a la universidad, a casa. Para mí, en cambio, es una forma de ganarme la vida.


Julio

Conductor de la línea D del subte