Tiene 37 años y hace varios años es el rector del colegio Del Salvador de Buenos aires. Pasen y vean a una persona que demuestra que su solidaridad se la debe a la fe.
La tarde soleada iba cayendo sobre la capital. Las demoras habituales en el tránsito no impidieron que llegue tarde a la cita con una persona con todas las letras. Lo saludé con la confianza de una relación que viene de muchos años. Como siempre, él me recibió con su habitual sonrisa y cordialidad que lo caracteriza. En su oficina, ya adentro del colegio, con música clásica de fondo, comenzó la entrevista.
La primera frase ya indica su ideología y pensamiento: “el espíritu solidario me surge de la vocación cristiana”. Desde chico Andrés empezó a trabajar para los demás: “yo trabajé 7 años en San Miguel, en un barrio popular donde me acerqué mucho a gente, con necesidades materiales, que me marcó el corazón”. Luego, me pasó a comentar, con una tranquilidad que llama la atención, su función solidaria dentro de la institución en la que trabaja: “todo lo que son el voluntariado y la misión a la Rioja, uno intenta en los últimos años darle una continuidad y un empujón. Pero si vos tuvieses que resumir todo esto, está un poco llamado a una cuestión de fe y de amor al prójimo”.
A medida que pasaba el tiempo, me empezaba a dar cuenta que la persona que tenía enfrente hablaba con muchos fundamentos y eso es algo que no se encuentra en cualquier esquina de nuestra cuidad. La fe fue una palabra que se nombró mucho en los minutos que estuvimos dialogando: “Uno puede ser solidario sin tener fe, pero en lo personal a mí me mueve mucho la fe. En el caso mío, la solidaridad esta movida por la fe y la búsqueda de Jesús en el otro”. Entonces, podríamos decir que para éste, la fe sí mueve montañas.
El momento de hablar de los jóvenes argentinos había llegado y su opinión es muy particular: “Yo creo que en los jóvenes de hoy en día están presente la fe y la solidaridad. En muchos se expresa la fe en la ayuda al otro, en grupos y en colegios; pero también hay personas que no tienen una creencia tan clara pero son capaces de entregar su tiempo y creatividad por el otro”. Cada palabra que pronuncia deja percibir un discurso optimista y esperanzador: “Yo apuesto por la juventud y no creo que esté perdida, ya que uno tiene que tener esperanza porque no todo lo que se muestra es la única realidad. Para Agüere, hay una realidad que no se muestra y no todo está tan mal como se dice: “la realidad es buena positivamente hablando, pero después hay cosas de ésta que se transforman en cosas que no lo son; es distinto, el mundo en cuanto a tal tiene que ser un lugar atrayente para trabajar”. También tuvo tiempo para hacerle una pequeña critica a los medios de comunicación: “Las cosas buenas cotidianas no salen en la tele o en los diarios, pero están…”.
La conversación iba llegando al final, sin embargo el cristiano no quería que me retirara sin antes dejarle un mensaje al prójimo, que vale la pena leerlo y pensarlo: “yo invitaría a todos los jóvenes a ser generosos con lo que son, con lo que han recibido y con compartir todo lo que puedan ofrecer, porque todo eso después se multiplica”.
Finalmente, llega una cálida despedida y al cruzar la puerta percibí que dejaba atrás a una persona que manifiesta su realidad no sólo en las palabras, sino también en sus hechos: un claro ejemplo a seguir por todos.
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