1/02/2008

Ella

Su nombre irrumpió de la nada; simplemente, cuál inesperada e impredecible epifanía, derrumbó un muro de vaguedad y tinieblas, y se situó para no alejarse en los labios de aquella musa, que perniciosa y cínica, no dudo en susurrarlo a mi oído. Ahora ya es tarde, su semblante no podrá ser borrado de mi mente; mucho menos su imagen: su desgarbada pero esbelta y provocativa figura, su rauda cabellera, su amable y acomedida voz, sus acuosos y tintineantes ojos, testigos ¿ingenuos? de mi sumisión.

¿Volver a la trama original? Lo intentaría... lo intentaré. Pensaba, más bien cavilaba inseguro, relatar la historia de una pareja de intrépidos aventureros que, ávidos por un destino incierto y azaroso, emprenden un arriesgado periplo... Vuelve a acometer; esta vez sus arrebatos son aún más fuertes, más incisivos. Su sonrisa es ahora la mía, su mirada, mis ojos; su andar, mi sendero... Lo siento, no lo logro. Ataca despiadada donde más me duele; no me permite pensar, idear, ni crear. Ni en sueños me libro de su delicado roce: suscita y protagoniza mis delirios taciturnos; no tratan de ella, lo son.

La veo acercarse, la esquivo; auto-saboteo mis intentos de que no me vea... me dejo llevar. Acaso, ¿sabrá de mi dolor...? ¿lo comprenderá? ¿Se regodeará en él? ¿Morbosa e inhumana, insistirá adrede en sus inocentes y despropositadas caricias o simplemente no ha caído en la cuenta de la cruel tortura que, diariamente, ejercen sobre mi?

¿Hablar con ella? ¿Confesarle, indefenso, hasta el último de mis indebidos y promiscuos sentimientos? No, no puedo... no debo. El silencio, mi silencio, es la única arma de la que aún me puedo valer para evadir un ridículo mayor. Sí, admito que mi titubeante y trémulo tratar para con ella releja sin tapujos mi patética situación. Pero, ¿seré sólo yo el único que la advierte o es la decencia ajena y el prejuicio al rumor lo que aún mantiene indemne mi imagen de una verdad que no podría negar?

Es tarde para recapitular; serían infructuosos mis intentos de hilvanar ideas y atar cabos, y tejer, una vez más, la narración con la que había imaginado llenar estos renglones. Una historia, sin duda, más frívola y descomprometida, pero seguro de mayor atractivo que la deplorable miscelánea de desaciertos ¿amorosos? en la que finalmente me he explayado.

Agonizo en la tentativa de caer en su amistad, otra vez. Cursi, lastimoso, casi prosaico se torna mi discurso. ¿Amigo de la persona de la cual estoy enamorado? Paradójico, pero penosamente habitual. ¡No!, prefiero su indiferencia a su mejilla.

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