1/02/2008

Tierra de nadie

Llegar a Buenos Aires puede ser para muchos estudiantes una experiencia traumática. No sólo se encuentran en una ciudad que sienten ajena sino que también ven cambiados sus ritmos de vida de forma vertiginosa. A modo de “pequeño” agregado está el eterno miedo a ser injuriados... golpeados... asaltados.

La plaza Rodríguez Peña, ubicada en el cruce de Paraguay y Callao, lejos de ser un lugar para distenderse, engendra temor entre los alumnos. De día nada sale de su curso normal. Los colectivos se congestionan, los trabajadores corren a las oficinas, los chicos van al colegio y, hasta incluso, hay lugar para clases de yoga. Sin embargo, apenas cae el sol la plaza se convierte en tierra de nadie.

Jóvenes vestidos de negro y con las uñas pintadas protagonizan la escena, según lo relata Helida, residente hace 50 años en la zona. Ella reitera indignada que el momento clave es a las 20, cuando drogadictos y borrachos transeúntes acaparan la atención. Diversos estudiantes ya fueron víctimas de estos “espectros de la noche”.

Para Claudia, comerciante de la zona, el cerrar su negocio a las 20 se convirtió en un credo. El problema no está en los indigentes, sino en los chicos que con la inocente excusa de limpiar los vidrios se hacen dueños de las pertenencias de otros.

Los encargados de mantener la plaza limpia están acostumbrados a encontrar documentos y billeteras despojadas de dinero. Juan, quien empieza su jornada a las seis de la mañana, suele hallar diversos elementos que denotan claramente la existencia de ilícitos en la noche anterior. Meses atrás había un policía durante la madrugada pero hoy, el horario laboral ya no es tiempo completo. En palabras de Juan “la Federal cierra a las 18”.

Hay muchos culpables de los robos. No obstante, hallar a los verdaderos responsables de la seguridad no es tarea fácil. Por el contrario, parece un laberinto sinuoso y enmarañado.

La comisaría número 17, ubicada en Callao y Las Heras, no da respuestas favorables a los vecinos. Si bien es la dependencia encargada de la plaza, ésta se desentiende aduciendo: “no podemos informar nuestros modos de seguridad”. Mientras tanto, vidrios, teléfonos públicos y árboles son dañados cruelmente (diariamente).

“A través del Departamento de Comunicación Social y la División Prensa se da inicio desde hoy a una respuesta espontánea de carácter comunicacional para asistir a la ciudadanía con un nuevo y fluido diálogo” son las palabras que utiliza la Policía Federal Argentina desde su pagina web. No obstante, la división prensa no abre puertas y no atiende llamados. Solamente deriva las comunicaciones al Comando Radioeléctrico que, siguiendo la supuesta política de la estructura, elige no responder.

Por su parte, la dirección de Espacios Verdes (dependiente del Gobierno de la Ciudad) no puede denunciar los robos, ya que el horario de patrulla de los voluntarios finaliza a las 16.

Es evidente que la situación es provocada por un encadenamiento de factores. La plaza Rodríguez Peña pasa de mano en mano y nadie se atreve a frenar el círculo y ver qué es lo que pasa. Los responsables parecen presos de una infinita burocracia, donde lo que prima no es estar “al servicio de la comunidad” sino cumplir el horario y “fichar”. ¿Cómo armar un país en medio de semejante ineptitud? Así, ¡no va!


No te muevas, no hables

Daniel...aunque para la mayoría soy “el correntino”. Bueno... para los más amigos simplemente “el corren”. Un jueves 4 de mayo sucedió todo. ¿Cómo olvidarlo? eran las 21 exactas. Caminaba bordeando la plaza sin apuros... iba a una clase de Historia de la Cultura a la que solía llegar con el tiempo contado. Ese día no pude asistir.

Un chico alto, pero no más grande que yo, me prende por el hombro sin escrúpulos. Quería una moneda. Sin dubitación le di la primera que encontré (un peso). Para ese entonces ya tenía del otro lado otro muchacho que me agarraba del brazo derecho y me decía la tan temible frase no te muevas, no hables. La gente pasaba, no me miraba, no querían ser testigos, mucho menos comprometerse.

Creí haber visto un objeto punzante, en ese momento no me atreví a sacarme la duda. Mis pasos se volvían lentos, mi tensión subía, las manos se me empapaban. En el centro de la plaza me despojaron de todo lo que tenía: la campera, un reloj, plata y la mochila. ¡Tenía mis apuntes!. Seguía habiendo gente alrededor y nadie hizo nada, absolutamente nada.