A lo largo de los años me vi enredado en distintos acontecimientos en los que no quise involucrarme; acontecimientos que ahora quisiera afrontar pero tampoco me atrevo. Para ello debo hablar de algo que desde el principio de los tiempos figura entre las cosas que no deben hacerse: No desearás a la mujer de tu prójimo.
Comencé a revisar mis recuerdos y reparé en la cantidad de oportunidades que soslayé entre los dieciocho y los veinticinco años.
La esposa de aquel tío mío que me obligó a invitarla a bailar en una fiesta familiar y me excitó con sus murmullos y sus roces y, días después, cuando partí de viaje, me hizo llegar un recuerdo insignificante pero sugerente, acompañado de una nota breve y provocadora.
Esa amiga de mi madre que, con veinte años más que yo, se me insinuó repetidas veces con sus miradas y palabras de elogio a mi juventud cuando estábamos reunidos alrededor de la mesa familiar.
Aquella abogada que se mostró dispuesta a abandonar a su marido para poder iniciar una relación amorosa que amenazaba transformarse en algo profundamente tormentoso.
Y la mujer de un pariente lejano, muy cerca de los cincuenta, que compartió, en una reunión multitudinaria, algunos momentos de acercamiento y contacto que yo disfruté pero dejé pasar, por miedo a producir un hecho censurable.
No puedo olvidar tampoco a la prima de mi adolescencia con quien intercambié caricias, besos y momentos de sublime comunión, que no llegaron a consumarse.
Estos casos quizás generen una duda acerca de mis inclinaciones sexuales, pero puedo decir que, sin embargo, intercalado durante esos avatares, no vacilé en satisfacer mis deseos con otras mujeres no prohibidas. Hoy, cuarenta años después, me pregunto en nombre de qué principios morales rechacé esas oportunidades.
A la luz de estos recuerdos y de la evolución de las costumbres, me digo que hoy no dejaría pasar esas ocasiones. Pero entonces repaso mis últimos años transcurridos, no precisamente en celibato, y recorro los senderos en que noto que esta madurez mía no está acompañada por el desprejuicio, ni desprovista de nuevas oportunidades; sin embargo, invertidos los papeles en la cuestión de las edades, sigo con mis dudas. No daré ejemplos recientes para evitar que alguien pudiera descubrir quiénes son las mujeres con las que pude ser y no fue.
Veo mucha represión en las actitudes de toda mi vida; quizá debería recurrir a alguien para que analizara las causas de mis frustraciones, pero la única persona confiable que conozco es la esposa psicóloga de un amigo mío, la cual ha insistido varias veces para que nos encontremos en su consultorio.
Y no me animo.
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