Prostitución en pleno centro porteño-
OJOS QUE NO VEN, LEYES
QUE NO SE CUMPLEN
Viernes, 11.pm-esquina de Callao y Corrientes.Camino distraído; absorto en pensamientos totalmente ajenos a la realidad que me circunda.
¡Mujeres!-exclama alguien a mi lado, casi como un susurro pero con la clara intención de que yo lo oiga.
Levanto la cabeza y lo encuentro. Un hombre con un pequeño volante en mano me ofrece servicios sexuales, dejando de lado los eufemismos, una prostituta.
El ¡no!, casi indignado, sale disparado de mi boca. El extraño, lejos de darse por aludido ladea la cabeza y pronto encuentra su siguiente potencial cliente. ¡Mujeres!, vuelve a gritar. La situación observada desde un costado me recuerda a un viejo mercader que, verborrágico y grotesco, cuelga a disposición y a vista de los peatones las pieles animales que tiene para vender.
La nueva “víctima” parece interesada. Conversan, más bien murmuran una suerte de secreto a voces. Sin mayor retraso, el desvergonzado “proxeneta” le pasa una mano por el hombro al recién llegado y lo acompaña hasta el interior de una casa ubicada a pocos pasos.
La escena descripta en el párrafo anterior se repite noche tras noche sin encontrar contravención ética o legal alguna que le imponga un freno. Los volantes (ver foto), lejos de ser repartidos de forma clandestina, atacan la decencia de cualquier porteño que desee hacer uso de un teléfono público; a éste lo encontrarán plagado de estos inmorales anuncios.
Vale destacar, en primera instancia, que el Código Penal Argentino no concibe a la prostitución o a la venta de sexo voluntaria como un delito; si lo hace en los casos en los que la mujer u hombre se ve obligada/o, ya sea por amenazas, violencia, relaciones de poder, subordinación o dependencia, a realizar tales servicios (art. 125 bis, 126 bis, 127 bis.). Sin embargo, tras consultar la cuestión con el Licenciado en Abogacía, radicado en Capital, Alejandro D’Almeida, sale a la luz una excepción vigente en el Código de Convivencia Urbana de la Ciudad de Buenos Aires. Esta última, contemplada en el artículo 71 y promulgada en el año 1999, bajo el apaño del por el entonces jefe de Gobierno, Fernando De la Rua; dicta lo siguiente: “Se prohíbe la oferta y demanda de servicios sexuales en la vía pública...”. La ley agrega en incisos posteriores que, exenta de intenciones discriminantes a homosexuales o travestidos que deseen practicar la vocación, la misma responde a una razón de convivencia pacífica y respeto de la moral por y hacia los habitantes de la ciudad. Destaca también, en sus últimos renglones, que todo aquel que incumpla tales ordenanzas deberá ser sometido a trabajos comunitarios, multas y cortos períodos tras las rejas.
Una breve conversación telefónica con la mujer que responde el llamado al número que figura en el volante, confirma mis sospechas: Voz femenina:_ Hola
Cronista: _Hola, me preguntaba si están disponibles las chicas.
C:_ Y...¿ cuánto saldría el servicio?
Con la certeza de que lo que hacían aquellos muchachos, situados en la intersección de Callao y Córdoba, era nada más y nada menos que “ofrecer servicios sexuales en la vía pública”, la única tarea pendiente era recurrir a la policía.
“No podemos hacer nada”, es la respuesta esbozada por el primer oficial que encuentro al entrar en la comisaría 16, ubicada en Callao y Las Heras. A pesar de la irrefutable prueba de los anuncios, los propios volanteros parados día a día en la misma esquina y el fácilmente comprobable negocio que se desarrolla delante de sus narices, el agente alega que mientras ellos no presencien el momento exacto en el que se efectúa el pedido o el ofrecimiento de relaciones sexuales a cambio de dinero, no pueden hacer nada. Al respecto de la obvia presunción que cualquier hombre o mujer medianamente razonable hace a partir de los burdos volantes, los supuestos protectores de la ley y el orden prefieren no dar explicaciones sustentables sino contestar con el agravio y la ironía: “No nene, nosotros no nos basamos en presunciones por más explícitas que sean; si fuera por eso, iríamos en cana todos”
La ley, “atada de manos”, no entrega respuesta concienzuda ni eficaz alguna. Mientras tanto, los hombres, mujeres y niños que transitan por las calles del centro continúan padeciendo la difusión de un delito ya cuasi-legalizado. ¡Así no va!.
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